
Una adolescente en San Martín Texmelucan menciona el único cine del municipio cuando pregunto “¿A dónde vas para divertirte por aquí?”. Coincido con las críticas: el lugar no es llamativo, las pantallas apenas se ven, hasta hace unos meses los asientos parecían masticados por una bestia adicta al poliuretano y reestrenan películas poco apetitosas como el refrito de El rey león cada que necesitan clientela rápida. “Prefiero ir a la Ciudad de Puebla, allá hay IMAX y 4DX” concluye ella.
Resulta que los jóvenes también consideran divertidas las marisquerías. Cuatro estudiantes de ingeniería civil respondieron a la pregunta con nombres de restaurantes medianamente elegantes, como Sotavento. Unas chicas mencionaron su gusto por el antro Dos28. Un estudiante de psicología que llevaba el libro El cerebro enamorado: Los mecanismos neuronales del amor, de José Ramón Alonso Peña en la mano, dice que en San Martín sólo le queda meterse a las cafeterías para leer.

Hombres en sus treinta, fornidos y dedicados al comercio, refieren que a su tiempo libre lo ocupan los talleres de vanidad más conocidos: gimnasios y barberías. Una colegiala hace mención del parque Ojo de Agua, aunque considera su extensión muy limitada. Agrega que en el parque de El Chamizal pueden asaltarte. Por su parte, un quinceañero sólo respondió “fútbol rápido”. En eso coincide con la respuesta de adultos encuestados de mediana edad: la afición por jugar fútbol.
Entonces pregunto: ¿Y qué te gustaría que hubiera en San Martín Texmelucan? Muchos se ponen a imaginar. Un par de chefs aprendices dicen que una plaza comercial grande, como Angelópolis, con variedad de marcas para comprar y centros de arcade (maquinitas). “Un parque” dice la adolescente. “Descríbelo” le pido. “Con más árboles que cualquier otro”. Los futuros ingenieros sugieren un snack bar (“fuente de sodas”, dirían nuestros abuelos) con juegos de mesa y videojuegos. Al lector del zócalo le gustaría tener un espacio al aire libre donde “los pintores puedan crear” y donde haya “viernes de danzón”. Unas muchachas en el mercado sugieren que se instale una pista de hielo para patinar. “Un acuario” murmura con timidez su hermano menor, adolescente que sueña con que colonias de peces, mantarrayas y calamares vivan en su pequeña ciudad. Opino que es la idea más original.

A mi amigo Gabo también le gusta la idea, “que incluya un área de entomología, que exhiba insectos” dice mientras cocina una hamburguesa en su local. “¿Y arañas?” pregunto (las tarántulas son su animal favorito). “Sí. También estaría padre un museo de historia natural o de la historia de aquí”. Intento imaginarme adolescente, sentado con mi cita, frente a una vitrina con los malvaviscos que el subteniente Albino Labastida asaba cuando su pelotón hacía fogata, junto al fósil del primer helado de Don Lupito o mientras admiramos la espada de madera con que San Martín Caballero rasgaba las sábanas de su mamá. “Sí, estaría padre”.



