
“Benditas redes sociales”, decía Andrés Manuel López Obrador. Desde mi mirada, esa frase fue una sentencia: con ella, se declaró la muerte simbólica de quienes se hacían llamar el Cuarto Poder.
Sí, mi gremio, el periodismo, los medios de comunicación, comenzaron a perder poder e influencia. Eran desmitificados.
Un ejemplo claro está en los medios impresos, que durante décadas presumieron su impacto a través del número de ejemplares editados, e incluso aseguraban que cada uno pasaba por al menos tres manos más.
Con la radio y la televisión, especialmente esta última, la audiencia se medía en millones. Así nacieron las vacas sagradas del periodismo, figuras con influencia y protagonismo en la llamada videopolítica.
Pero entonces llegaron las benditas redes sociales y comenzaron a desmitificar a los grandes emporios mediáticos, así como a aquellos que se jactaban de ser los administradores de la imagen pública de los políticos.
Las redes sociales penetraron en la población, la empoderaron, y fueron fundamentales para que México entrara en la llamada Cuarta Transformación.
Sin embargo, hoy nos enfrentamos a un nuevo fenómeno: la tecnopolítica. Es decir, el uso de tecnologías como los bots, el big data y la inteligencia artificial para influir —o manipular— a las personas.
En este contexto, el papel del verdadero periodista no es solo informar, sino plantear narrativas que cuestionen y provoquen preguntas en el lector. Ese debe ser nuestro principal objetivo. Porque hoy, la influencia no se mide únicamente por el alcance en redes sociales: un bot puede superarnos en likes, una cuenta apócrifa puede manipular a miles.
El valor del periodismo ya no radica en la plataforma, sino en la capacidad de incidir en la sociedad, fomentar el pensamiento crítico y ayudar a distinguir entre una noticia real y una falsa, entre información y manipulación.



